“Hay personas tan delgadas”- escribía- “que a veces las arrastra el viento”. Pensé que se trataba de un delirio de ella pero al llegar, efectivamente, a Sri Lanka pude ver como las personas delgadas volaban y se trasportaban de esa manera, llevadas por el viento. Sino había viento solo daban grandes saltos, ya que su ligereza les permitía mantenerse un largo tiempo en el aire. Uno puede darse cuenta quien es extranjero y quien no, en esta ciudad con solo mirar el cielo. Yo me sentía muy extraño, no podía volar ni saltar lejos. El encargado del hotel me contó (sostenido por su cinturón al mostrador) que todas las personas de la ciudad eran livianas por que su dieta se basaba en “Kalac”, una especie de cereal que quema las grasas del cuerpo y disminuye el exceso de agua. Sri Lanka era un lugar como todos los demás del mundo, con casas, edificios, calles, autos, mujeres, hombres, niños, pobres, ricos. La única diferencia era que todos eran tan delgados que volaban o flotaban. Y además lo utilizaban para ahorrar dinero en transporte. Por eso las empresas de transporte allí no tiene mucho éxito, sino fueran por los turistas quebrarían.
Tenia que encontrar a Olivia a las cuatro en la plaza Arular. Así lo había dicho ella en su carta.
Estuve allí, eran las tres cincuenta y cinco cuando Olivia llego desde el cielo, su cabello flameaba y ella sostenía su vestido para que no se volara, su cuerpo delgado paresia estremecerse con la delicada brisa. Bajo ante mí con una tímida sonrisa, ató el lazo de su vestido al banco en el que estaba sentado y me dijo, graciosamente “¡Viste! que no mentía”.
dic14
Volar, el sueño de los hombres y los pájaros enfermos.
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